Tus lágrimas guardadas en Su redoma, tu causa está segura en las manos del Señor
«Ten piedad de mí, oh Dios, porque el hombre me ha pisoteado; me oprime combatiéndome todo el día. Mis enemigos me han pisoteado todo el día, porque muchos son los que con soberbia pelean contra mí. El día en que temo, yo en Ti confío. En Dios, cuya palabra alabo, En Dios he confiado, no temeré. ¿Qué puede hacerme el hombre?» Salmo 56: 1-4
David escribe estas palabras desde el exilio en Gat, rodeado de enemigos que amenazaban su vida.
Para quien atraviesa una prueba, es precisamente allí, en el lugar del sufrimiento en donde las promesas que alguna vez parecían ideas lejanas, se transforman en una experiencia personal de esperanza.
El Salmo 56 enseña que el dolor de una hija de Dios nunca es en vano, allí encontramos una de las frases más tiernas de toda la Escritura: «…pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro?» Salmos 56:8 RVR 1960.
La imagen de la redoma o frasco —un pequeño recipiente usado en la antigüedad para guardar líquidos preciosos— revela a un Dios que no observa el sufrimiento desde la distancia, sino que recoge cada lágrima y le otorga un valor eterno.
La confianza en Dios no quiere decir que debemos actuar con indiferencia o desconocer el sufrimiento, el Señor entrega a cada persona dones y recursos para afrontar los desafíos que surgen en medio de las pruebas. Es por ello, que confiar en Él, no significa cruzarse de brazos, sino actuar con sabiduría usando los medios apropiados que están disponibles, mientras nuestra alma se afirma en la convicción de que la última palabra la tiene Dios.
Se trata de una fe que trabaja en obediencia, pero descansa en Aquel que tiene el dominio. El temor que lleva al desánimo no tiene lugar cuando entiendes, que ninguna prueba está fuera de la mirada fiel del Padre.
Cuando la batalla se siente desigual
Hay enemigos que parecen indestructibles, porque disponen de poder y recursos económicos y no tienen compasión, ellos no se van a detener a considerar tu dolor, cuando enfrentamos este tipo de agresión, es fácil sentir que su «poder» nos sobrepasa. El salmo que estamos estudiando declara que retrocederán, porque el Señor es nuestro defensor, es decir aunque parezcan invencibles su dominio es limitado, existe una autoridad suprema que los apartará de nuestro camino.
Se ha dicho que en la cultura hebrea la repetición es énfasis por ello no es casualidad, que el salmista repita dos veces la misma pregunta: ¿Qué puede hacerme el hombre?, David lo afirma y necesita volver a decirlo. Eso es profundamente auténtico, la fe esa certeza de lo que no se ve, es un proceso que se renueva continuamente. A veces necesitamos reafirmarla varias veces en un mismo día, en medio de una misma prueba.
Además, cuando nos encontramos en medio de la prueba, vale la pena examinar si puede ser consecuencia de nuestro pecado o si existe un ídolo escondido en nuestro corazón.
Finalmente, debemos descansar en la certeza de que tanto en la victoria como en la derrota, Dios nos sigue sosteniendo y cuidando. La protección de Dios en medio de la prueba no es solo para librarnos del daño es, sobre todo, para transformarnos nos conduce a crecer en fe.
Si enfrentamos la prueba tomadas de Su mano, no volveremos a ser las mismas, ¡Seremos libres de verdad!
¿Cómo aplicamos esto hoy?
Primero, actúa con sabiduría no con temor. Vimos que confiar en Dios no significa resignarse ante el enemigo, usa los recursos legítimos que tengas a tu alcance —asesoría, consejo sabio, descanso— siempre en oración. La fe y la acción no compiten, caminan juntas.
Segundo, examina tu corazón antes de examinar la prueba y al enemigo. Antes de dirigir toda tu atención hacia la batalla, pregúntate si hay algo en tu corazón que Dios te quiere mostrar, —un ídolo escondido, una dependencia excesiva de lo material, una raíz de amargura—, la prueba es una oportunidad de descubrir lo que tienes oculto en tu alma, no se trata solo de mirar hacia afuera.
Tercero, reafirma tu confianza cada vez que el temor regrese. Como David, vuelve a declarar la misma verdad una y otra vez, incluso a lo largo del día. Pon la escritura en un lugar visible, repítela en voz alta, vuelve tu mirada hacia Dios cada vez que la aflicción y el dolor te golpeen.
Tu causa está en manos de Dios, tus lágrimas están guardadas en Su redoma. El enemigo no tiene la última palabra, sostente de Su mano y sal renovada y fortalecida, nada puede quitarte Su cuidado eterno.