Ley de Dios para el creyente

El tesoro de amar la Ley de Dios: Sabiduría, obediencia y deleite para el alma

«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación». Salmos 119:97 RVR1960

La formación en Derecho hace parte de mi vida, me anima pensar que es la profesión a la que Dios me guio, un don de su amor para servir a los demás y fortalecer nuestra labor inmobiliaria. Para cumplir con excelencia esta misión, debo estudiar y dominar las leyes civiles relacionadas con los bienes y los contratos.

Sin embargo, la única Ley que amo con todo mi corazón es la Ley de Dios. Desde que Jesús transformó mi vida, su Palabra se convirtió en mi norma fundamental y suprema, la guía que orienta mis pensamientos, mis decisiones y mi manera de vivir.

«Todo el día es ella mi meditación». Claramente la palabra de Dios no se refiere a que pasemos todo el día sentadas sin hacer nada, sino que nos recuerda que a Él le agrada que seamos diligentes y nos ocupemos de lo que ha puesto bajo nuestro cuidado. Su palabra debe estar allí, en nuestra mente en medio de las tareas cotidianas.

La Ley de Dios es muy distinta a las leyes humanas. Estas últimas, aunque necesarias para la sana convivencia, se limitan a regular la conducta externa y jamás podrán transformar el corazón. En cambio, la Ley de Dios nos guía, nos confronta y llega hasta lo más profundo de nuestro ser.

Al estudiarla con convicción, el Espíritu Santo obra en nuestro interior y mediante la gracia divina, nuestra vida es transformada y renovada.

«Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo». Salmos 119:98 RVR1960.

A primera vista, esta afirmación podría generar cierta inquietud, pues parecería reflejar una actitud de superioridad hacia los enemigos. Sin embargo, no debemos interpretarla de esta manera. Amar y obedecer humildemente la Ley de Dios, nos da la sabiduría necesaria para discernir el mal y enfrentarlo.

Finalmente, el estudio de la Palabra no tiene que ser aburrido, debería ser un deleite. El salmista lo expresa así: «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca». Quienes disfrutan los sabores dulces, pueden identificarse con esta analogía. La Palabra de Dios fortalece nuestra vida y se convierte en un dulce para el alma.

Una obediencia que nace del amor

«Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos» Juan 14:15 NVI.

Cristo nos enseñó que la verdadera obediencia nace del amor. Su vida fue siempre un ejemplo de obediencia a la voluntad del Padre, aun cuando esto implicó el máximo sacrificio y sufrimiento por nuestros pecados. Los mandamientos de Dios son la expresión perfecta de su carácter: Santo, Justo y Bueno.

Cuando comprendemos esto, nuestra percepción acerca de la Ley cambia. No podemos decir que amamos a Cristo si rechazamos aquello que Él amó y obedeció. Cuando has sido redimida, desarrollas un corazón dispuesto a obedecer, no para ganar su favor sino como muestra de haber recibido una salvación inmerecida.

¿Todas las leyes siguen vigentes hoy? Una mirada a las leyes del Antiguo Testamento

Al hablar de la Ley de Dios, es importante comprender cuáles son las disposiciones dadas a Israel que no permanecen vigentes hoy. Tradicionalmente, se ha distinguido entre la ley ceremonial, la ley civil o judicial y la ley moral.

Las leyes ceremoniales incluían normas relacionadas con sacrificios, alimentos, formas de vestir y diversas prácticas rituales. Todas estas prácticas al final, señalaban hacia Cristo y encontraron en Él su cumplimiento. El Nuevo Testamento enseña que por medio de su obra redentora, ya no estamos bajo aquellas leyes.

En Hechos 10, mediante la visión de Pedro, Dios le mostró que no debía llamar impuro a lo que Él había limpiado, preparando también su corazón para recibir a los gentiles. De igual manera, Pablo enseña en Colosenses 2:16 NVI: «Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de sábado».

Las leyes civiles regulaban la vida del pueblo de Israel como nación y respondían a las circunstancias particulares de aquella sociedad. No constituyen el código político que rige a la Iglesia ni a las naciones hoy. Actualmente, esas leyes civiles han sido reemplazadas por las leyes propias de cada país.

La ley moral, reflejo del carácter de Dios

La ley moral revela principios que reflejan el carácter Santo de Dios y nos enseña cómo vivir delante de Él y relacionarnos con nuestro prójimo, es universal y permanente. En Mateo 22:37–40 RVR1960, Jesús la explicó de la siguiente forma:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».

Amar a Dios es obediencia, reverencia y fidelidad a su voluntad. Implica reconocerlo como Señor en cada área de tu vida, rechazar lo que Él llama pecado y buscar su gloria en tus decisiones. Amar al prójimo incluye servir, perdonar, corregir con verdad y protegerlo de aquello que lo puede destruir. No es tolerar la maldad, sino procurar su bien.

De este modo, la ley moral no es un simple código de reglas, sino la expresión viva del amor divino que transforma el corazón y se refleja en la vida diaria. Su cumplimiento no consiste en apariencia externa, sino en una vida rendida desde un corazón renovado por la gracia de Cristo.

Voy a darte un ejemplo: Cuando una mujer se viste de manera inadecuada no es solo un asunto externo, porque la forma en que se presenta refleja actitudes internas como orgullo, vanidad o lujuria. La ley moral le recuerda que debe cuidar tanto su corazón como la manera en que se arregla, porque lo externo comunica lo interno.

Así, su apariencia no es un detalle superficial, sino un reflejo de lo que controla su interior. Sin embargo, esto no significa una imposición de formas de vestir. Una mujer puede vestirse en apariencia correctamente, pero si su corazón no ha sido transformado, lo externo no tiene verdadero valor ante nuestro Dios y el prójimo.

Al final, debemos recordar siempre que el cumplimiento de la ley moral no es el camino para alcanzar la salvación. La vida eterna se recibe únicamente por la fe en la obra redentora de Cristo.

¿Cómo aplicamos esto hoy?

Primero, lleva la Palabra contigo. Mientras trabajas, tomas decisiones, atiendes a tu familia o enfrentas una dificultad, permite que sus enseñanzas acompañen tus pensamientos y tus decisiones durante el día. Hazte una pregunta ¿Qué principio de la Palabra de Dios puede guiarme en esta situación?

Segundo, permite que Dios transforme tu corazón. La Ley de Dios no busca solamente corregir lo que haces, también confronta lo que hay en tu corazón. Cuando leas la Palabra, no te limites a pensar en lo que otros deberían cambiar, permite que el Espíritu Santo examine tus propias motivaciones.

Tercero, comparte el dulce fruto de la Palabra con los demás. Una vida transformada no guarda la dulzura de la verdad para sí misma. Tu llamado es reflejar la justicia y el amor de Dios. Al aplicar Sus principios, vas a dar testimonio de que la ley divina no oprime, sino bendice y edifica.

Cuando amamos su Ley, aprendemos a caminar más cerca de Aquel que nos amó primero.

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