A su imagen y semejanza: Cristo es nuestra verdadera identidad

«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…» (Génesis 1:26).

En medio de una prueba dolorosa, comencé a buscar la verdad. Hasta entonces pensaba que era creyente. Me había casado por la iglesia cristiana, llevaba a cabo ciertas prácticas, hablaba de una manera particular. Pienso que conocía de Dios pero no lo conocía a Él.

No recuerdo el momento exacto pero a través de esta situación, empecé a ver la vida de forma diferente, cosas que antes me gustaban me empezaron a molestar y algo que antes me animaba comenzó a incomodarme profundamente: Los mensajes excesivamente centrados en el hombre.

Ya no quería escuchar cómo alcanzar mi máximo potencial, ni cómo hacer que todos mis sueños se cumplieran. Quería escuchar acerca de Cristo.

Todavía no entiendo completamente lo que significa ser creada a imagen y semejanza de Dios, quizás nunca lo comprenda del todo, pero hay algo de lo que sí estoy segura: ¡No somos Dios, jamás lo seremos! Hoy confío en que el Espíritu Santo nos va conformando al carácter de Cristo.

Amor propio, Autoestima

Hay expresiones muy populares que con frecuencia terminan alimentando un yo insaciable. Es posible que inicialmente se utilicen para hablar del valor inherente de cada persona o del cuidado responsable de sí misma, pero muchas veces su efecto práctico termina siendo otro.

Cada ser humano posee dignidad porque ha sido creado a imagen de Dios. Sin embargo, el mensaje que suele acompañar estas ideas no es: Descansa en el Señor y vive para Su gloria, sino: Escucha tu corazón, haz siempre lo que quieres, tú eres suficiente, nadie puede decirte qué hacer, declara tu futuro y crea tu propia realidad.

Esa fue la tentación que Satanás presentó en el huerto del Edén: «Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios…» (Génesis 3:5). Era un llamado a la autonomía absoluta. Buscaba que decidieran por sí mismos lo bueno y lo malo, viviendo como si no necesitaran a Dios.

La caída precisamente dañó la imagen de Dios en nosotras. Para recuperar esa imagen no necesitamos terapia para mejorar nuestra autoestima ni un impulso de amor propio, lo que necesitamos con urgencia es restaurar esa imagen a través de Cristo, «Él es la imagen del Dios invisible…» (Colosenses 1:15).

Al final, lo único que trae vivir lejos de la soberanía de Dios es ansiedad. Porque si todo depende de mí, entonces mi vida descansa sobre mis decisiones, mis palabras, mi trabajo y mi falsa capacidad para sostenerlo todo.

Vivir bajo su soberanía

Durante mucho tiempo pensé que la vida cristiana consistía en un camino de exaltación personal, hoy entiendo que se trata de renunciar una y otra vez, a ese yo rebelde que quiere ocupar el trono de Dios. La gloria no recae sobre nosotras, pertenece al Señor quien nos transforma día a día, así es como reconocemos el valor que Dios nos ha dado.

No quiero ser dios de mi propia vida, quiero renunciar a la autosuficiencia, al afán de control y a la ilusión de que el mundo gira a mi alrededor.

Lo más hermoso es que no damos ese paso solas: Cristo nos acompaña mientras aprendemos a morir a nosotras mismas y nos recuerda que nuestra verdadera identidad se encuentra en Él.

¿Cómo aplicamos esto hoy?

Primero, nuestro corazón tiende naturalmente a ocupar el lugar de Dios. Debes aprender a rendir tus decisiones, deseos y planes, recordando siempre que Cristo es quien debe guiar tu vida.

Segundo, en lugar de mensajes centrados en el hombre o en la autosuficiencia, enfoca tu mente y corazón en el Evangelio. Esto se aplica al elegir qué escuchas, qué lees y cómo alimentas tu fe: que todo te lleve a Cristo.

Tercero, descansa en la soberanía de Dios, confía en que Él sostiene tu vida y que su Espíritu Santo te conforma al carácter de Cristo, incluso en medio de tus debilidades.

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