El matrimonio sostenido por Dios: una cuerda de tres hilos que no se rompe fácilmente
«Mejor son dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante! Si dos se acuestan juntos, entrarán en calor; uno solo ¿cómo va a calentarse?. Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente!» Eclesiastés 4:9-12 NVI
Ayer celebramos 17 años de casados y honestamente hay algo que tengo en mi corazón además de gratitud y alegría y es que no he sentido el peso de los años como muchos tienden a decir, incluso en tono de burla. Para mí el matrimonio no ha sido una fuente de cansancio ni una carga pesada, sino un caminar ligero y firme sostenido por la gracia de Dios.
Al analizar este punto, comprendí el motivo: Sin darnos cuenta o reconocerlo, Dios nos ha sostenido cada día como esa tercera cuerda, de la que habla Eclesiastés.
Para mí estos años, han sido hermosos no porque hayan estado libres de pruebas, sino porque nunca las enfrentamos solos. Podría pensarse que somos iguales, que compartimos el mismo carácter o que alguno ya cedió y perdió identidad. Pero no es así, somos muy diferentes casi polos opuestos y sin embargo cada uno es libre de vivir según su forma de ser.
Por ello, esta frase que encontré cobra sentido: «Un matrimonio sólido no depende de que ambos tengan el mismo temperamento, sino de que ambos tengan el mismo lugar en donde anclan su identidad, que no es el otro cónyuge sino Dios».
Sumisión bíblica: ni dominio ni rebeldía
El mandato bíblico sobre sumisión femenina ha sido uno de los conceptos más tergiversados de la Escritura, desde ambos lados.
Hombres que tomaron la autoridad que Dios les dio y la convirtieron en dominio, tratando a la mujer con menos dignidad que a un objeto, olvidando que a ellos se les ordenó amar a su esposa «así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25 RVR1960)
Y mujeres heridas por ese abuso o simplemente deseando el control, que terminaron rechazando no solo al hombre, sino también el mandato de Dios, tomando un lugar que nuestro Señor nunca les quitó, ni les pidió pelear.
Entender la sumisión bíblica como un diseño divino, hace que la familia esté bien fundamentada. Cuando la mujer deja de pelear contra el concepto de sumisión, se siente menos cansada y cargada, pues experimenta respaldo, apoyo y amor. Mientras tanto, el hombre pasa de estar relegado a resplandecer con dignidad y propósito, ella y sus hijos se sienten amados y cuidados.
Así, ambos descubren que juntos son mejores que uno solo y que el resultado de su trabajo se multiplica, trayendo bendición y estabilidad a la familia, con frutos eternos que permanecen.
¿Cómo aplicamos esto hoy?
Primero, deja de buscar en tu cónyuge lo que solo Dios te puede dar. Ningún hombre llenará el vacío que fue diseñado para ser ocupado por el Señor. Cuando la mujer descansa en Dios, encuentra paz en medio de sus cargas, seguridad en medio de sus temores y un amor que no depende de las acciones del otro.
Al dejar de exigir lo imposible, su corazón se libera del peso del desánimo y puede amar a su cónyuge con libertad. Entonces su vida se fortalece, su fe se afirma y los frutos eternos comienzan a florecer.
Segundo, no esperes sentir lo mismo durante todo el tiempo. El amor juvenil es distinto al maduro que ha sido sostenido por el compromiso y ha crecido con los años. En mi caso, hoy siento que amo más a mi esposo que cuando nos casamos, pero al reflexionar comprendo que es un amor diferente y mejor.
Ya no se trata solo de emoción o ilusión, sino de una entrega más profunda y serena, que refleja la gracia de Dios sosteniendo nuestra unión, en la que no importa el paso del tiempo ni los cambios físicos que son inevitables, porque nuestro amor está lleno de esperanza eterna.
Tercero, agradece cada año de casados como un regalo de Dios. Dentro de Su voluntad, aún hay camino por delante y deben permanecer siempre unidos como esa cuerda de tres hilos que no se rompe fácilmente y que los ha sostenido hasta aquí. No pueden apartarse del Señor, porque solo en Su presencia hallarán la fuerza para seguir adelante.
El matrimonio no se afirma únicamente por el afecto humano, sino por la gracia divina que se renueva cada día. Por eso, continúen creciendo en santidad, paciencia y amor, reflejando la fidelidad de Dios en su unión.
El matrimonio que se edifica en Dios permanece firme, cada etapa se convierte en una oportunidad para depender más de Él y amar con mayor entrega al otro.