¿El enemigo está bajo nuestros pies? Cuando nos atribuímos la victoria de Cristo.
Romanos 16:20 NBLA dice: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes.»
A veces somos expertas en tomar la Palabra de Dios, a nuestro acomodo. Nos aferramos a aquello que nos gusta, nos hace sentir importantes o engrandece nuestra imagen y lamentablemente con frecuencia, pasamos por alto aquello que dirige la gloria hacia Dios.
Creo que uno de los errores más comunes al leer este versículo es enfatizar únicamente en la frase: «debajo de los pies de ustedes», mientras olvidamos las palabras que la preceden: «Y el Dios de paz aplastará». La pregunta fundamental es: ¿Quién aplasta a Satanás? La respuesta de Pablo es clara, no somos nosotras, es Dios.
Confieso que durante años participé en prácticas que hoy veo de manera diferente. Creí que la guerra espiritual consistía principalmente en enfrentar al enemigo mediante declaraciones, órdenes, gritos, decretos, cánticos de conquista o manifestaciones externas de autoridad.
Pensaba que mientras más fuerte fuera mi demostración, mayor sería la victoria espiritual. Sin embargo, al volver una y otra vez a las Escrituras, descubrí algo que había pasado por alto: la Biblia siempre dirige nuestra mirada a Cristo y no a nosotras mismas.
Desde el principio de la historia bíblica encontramos esta verdad. En Génesis 3:15, Dios promete que la descendencia de la mujer herirá a la serpiente en la cabeza. Esa descendencia no es la iglesia, ni un grupo de creyentes, ni determinados líderes espirituales. La descendencia prometida es Jesucristo.
Siglos después, el apóstol Pablo explica que Cristo triunfó sobre los poderes y autoridades espirituales en la cruz. Colosenses 2:15 declara que Él los despojó y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos. La victoria decisiva contra Satanás, ya fue lograda por Cristo en el Calvario.
Entonces, ¿qué significa Romanos 16:20 cuando habla de Satanás siendo aplastado bajo los pies de los creyentes?
Pablo está utilizando, un lenguaje que refleja la unión del creyente con Cristo. Los cristianos participamos de los beneficios de Su victoria porque estamos unidos a Él. Es cierto que el texto menciona nuestros pies, pero el poder que aplasta al enemigo, pertenece exclusivamente al Dios de paz.
Nosotras no somos las protagonistas de la historia. Somos beneficiarias de una victoria que otro obtuvo.
Por eso me preocupa una tendencia que veo con frecuencia, a veces pareciera que el centro del cristianismo ya no es la obra perfecta de Cristo, sino nuestra supuesta capacidad para derrotar fuerzas espirituales. Se han popularizado expresiones, alabanzas, mensajes y oraciones centradas en lo que nosotras hacemos contra el enemigo.
Sin darnos cuenta, podemos convertir la guerra espiritual en una plataforma para alimentar el ego religioso. El énfasis se desplaza de Dios hacia el hombre. Comenzamos a hablar más de nuestra autoridad que de Su soberanía, más de nuestras declaraciones que de Su obra consumada, más de nuestras obras que de Su gracia.
Pero la Biblia presenta una imagen muy diferente. Si Satanás termina bajo los pies de la iglesia, es únicamente porque la iglesia está unida a Cristo, quien es la Cabeza y quien ya venció.
La guerra espiritual bíblica no es un espectáculo. No consiste en impresionar a otros con demostraciones de poder. Tampoco consiste en vivir obsesionadas con el enemigo. Consiste en permanecer firmes en Cristo.
Santiago 4:7 nos da una perspectiva profundamente sencilla y poderosa: «Por tanto, sométanse a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de ustedes». Observa el orden. Primero viene el sometimiento a Dios, después la resistencia al enemigo, la victoria nace de una vida rendida al Señor.
¿Cómo aplicamos esto hoy?
Primero, cambia la orden por la oración. Cuando enfrentes tentación, temor, desánimo o luchas espirituales, no pongas tu confianza en gritarle al enemigo. Acude al trono de la gracia y clama al Dios de paz. Reconoce que tu ayuda viene de Él.
Segundo, descansa en el evangelio. Tu seguridad no depende de qué tan grande sea tu fe, ni de cuántas declaraciones hagas. Descansa en la realidad de que Cristo ya venció. Tu esperanza está en Su obra perfecta y no en tu desempeño espiritual.
Y tercero, recuerda que el sometimiento precede a la victoria. La manera más poderosa de ver al enemigo retroceder en tu vida no es mediante demostraciones místicas, sino mediante una obediencia cotidiana a la Palabra de Dios.
Un corazón humilde, arrepentido y sometido al Señor es el escenario donde Dios manifiesta Su poder y avergüenza al adversario.
Al final, Romanos 16:20 no es un texto para exaltar al creyente, es un texto para exaltar al Dios de paz. Porque siempre se trata de Él.