El mito de la bondad humana, reconociendo nuestra maldad para abrazar la gracia
«No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, engañan de continuo con su lengua. Veneno de serpientes hay bajo sus labios; llena está su boca de maldición y amargura. Sus pies son veloces para derramar sangre. Destrucción y miseria hay en sus caminos, y la senda de paz no han conocido. No hay temor de Dios delante de sus ojos». Romanos 3:10-18 NBLA
Leer estas palabras hoy, puede resultar muy difícil para nosotras, porque desde hace siglos pensadores y filósofos han sostenido lo contrario. Se ha repetido la idea de que el ser humano nace bueno y que son la sociedad, la propiedad privada o las instituciones las que lo corrompen.
Esta mentira sobre nuestra propia bondad, repetida tantas veces, ha llegado a parecer verdad y entre otras, constituye la base de ideologías como el socialismo. Sin embargo, la Biblia enseña que a causa de la transgresión de Adán y Eva, la maldad habita en todos los seres humanos. Hoy escuchamos con frecuencia que el ser humano es bueno y que la maldad es una elección.
Según la Palabra de Dios, en el principio todo fue hecho bueno, pero la maldad entró en el mundo por la desobediencia. Aunque para muchas esta historia suene como una inocente fábula infantil no lo es, la verdad es el mayor acto de rebeldía en contra del Creador. Afortunadamente, el evangelio no se sostiene en la perfección de nuestra comprensión, sino en la obra perfecta de Cristo.
Adán y Eva quisieron ocupar el lugar de Dios, vivir sin someterse a Su autoridad, definir lo que para ellos es bueno y malo.
Tal vez lo podamos entender mediante esta analogía: Cuando una compañía escoge un representante legal, las decisiones de esa persona afectan a toda la organización. Así ocurrió con Adán, su necedad arrastró a toda la humanidad a la esclavitud del pecado. Pero la buena noticia del evangelio es que en Jesucristo, el segundo Adán, encontramos la verdadera libertad.
«No hay temor de Dios delante de sus ojos». Este temor no es miedo a Dios, sino reverencia, temerle no nos convierte en «personas buenas», nos guía a reconocer nuestra maldad y a depender de la obra de Cristo.
Reconocer tu maldad puede ser complejo, el engaño del orgullo
Fuimos diseñadas para sentirnos amadas, aprobadas y plenas en nuestra relación con Dios. Sin embargo, la culpa y la vergüenza nos arrastran a proteger nuestra autoimagen y a «justificar» nuestro pecado. Tenemos la capacidad de enfrentar la realidad, pero nos negamos a reconocer la verdad de nuestra naturaleza pecaminosa.
Tenemos por costumbre atribuirnos los éxitos y justificar los pecados, culpando a otros o a factores externos. Es más fácil buscar argumentos que aceptar la culpa. Por eso, desde la infancia es necesaria la disciplina, hoy se avala que el niño debe hacer lo que quiera, incluso llegando a desobedecer a sus padres y a las autoridades. Con disciplina no me refiero a maltrato ni agresión, la autoridad se debe ejercer con amor buscando corrección.
En realidad, resulta más irresponsable educar sin normas ni orientación, tarde o temprano, cada uno cargará con las consecuencias de su propia desobediencia.
Como esposa, no puedo dejar de pensar en algo que he escuchado cuando alguien es infiel. Nunca reconoce su responsabilidad, busca culpar al otro, a su infancia o a heridas del pasado.
Para mí, la infidelidad marital es la traición más vil, porque destruye la confianza, hiere el alma y deshonra el pacto sagrado del matrimonio. Es por ello que como esposa creyente debes cuidar tu matrimonio con toda diligencia, defendiendo con perseverancia tu hogar. No puedes dar ventaja al enemigo debes guardar lo que ves, vigilar tus pensamientos y amar a tu esposo.
Además, es crucial cultivar la oración y mantener la fidelidad en tu mente y corazón.
Volviendo al tema de nuestra propia bondad, otra tendencia es compararnos con «los malos», pueden ser criminales terribles, personajes malvados de la historia o la vecina que «no conoce a Dios», así el estándar se reduce. Nos justificamos pensando: «No soy perfecta, pero al menos no soy como ellos».
Ese puede llegar a ser el punto más peligroso del orgullo humano, si creemos que somos buenas dejamos de examinarnos a la luz de la santidad de Dios y comenzamos a medirnos según nuestra propia «bondad». Esta mentira es destructiva porque nos dirige a cuestionar la Soberanía de Dios, como si tuviéramos la facultad de juzgar al Dios eterno.
Ahora bien, al suponer que somos superiores incurrimos en malas prácticas. Por ejemplo, veo con pesar cómo en algunas congregaciones religiosas se utiliza la expresión «reclamar» para pedir a Dios prosperidad, salud o cualquier otra cosa…como dándole órdenes. ¡Qué insensatez! No tenemos nada que reclamar a nuestro Santo Dios.
Este error se conecta directamente con el rechazo a la salvación, la obra redentora de Jesús, la cual se ofrece gratuitamente, porque quien cree tener derecho a exigir en realidad desprecia la gracia y pretende sustituirla por obras humanas. En lugar de humillarnos imponemos y cuestionamos.
Así aunque no lo admitamos públicamente, si obramos de tal manera, estamos rechazando la misericordia, porque no soportamos depender enteramente de la gracia de Dios.
¿Cómo aplicamos esto hoy?
Primero, reconoce tu pecado. El texto nos recuerda que no hay ni un justo, entenderlo significa dejar de justificarnos, admite tus faltas sin excusas, pide perdón. Al confesar nuestra maldad, entregamos el corazón a la obra que solo Cristo puede llevar a cabo en nuestra vida y dejamos de creer en la ilusión de que somos «buenas».
Segundo, ten cuidado con el orgullo. Examina tu corazón a la luz de la santidad de Dios, deja de cuestionar la Soberanía de Dios y reclamar sin apreciar que todo lo que tenemos es entregado por gracia. Cultiva la humildad en tus relaciones y vive en dependencia de Cristo y en gratitud constante por Su misericordia.
Tercero, mantén tu mirada en Cristo. Solo la obra redentora de Jesús trae verdadera libertad. Descansa en Su obediencia perfecta y en Su sacrificio en la cruz, rechaza cualquier intento de sustituir la gracia por obras humanas y vive con gozo en la esperanza que nos libra de la esclavitud del pecado y nos conduce a una vida nueva.
Creer que somos buenas nos conduce a esclavitud, sólo vivir a la luz del temor de Dios nos da libertad.