Cuando el decir «No juzgues» se usa para justificar el pecado
Mateo 7:1-2:«No juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá».
Cuando leemos: «No juzguen», es normal concluir rápidamente que todo juicio está prohibido.
Sin embargo, al examinar el pasaje en su contexto, se pueden ver varias señales que nos ayudan a entender qué es exactamente lo que Jesús está enseñando. La palabra juzgar aquí; se refiere a una actitud de condenación, hipocresía, arrogancia y crítica destructiva.
La advertencia de Jesús es clara: Si te colocas en una posición de superioridad y juzgas con dureza, te vas a encontrar delante del verdadero Juez, Dios mismo. Recuerda que Dios está lleno de misericordia y Su juicio es perfectamente justo.
Por eso, si emites un juicio sobre una situación o conducta, debe ser un juicio fraterno, humilde y restaurador. La intención no debe ser destruir a la persona, sino buscar su bien y honrar la verdad de Dios.
A continuación, Jesús nos recuerda que la medida que utilicemos, será también la medida aplicada a nosotras. No debemos exigir una severidad, que no estaríamos dispuestas a recibir para nosotras mismas.
Entre la verdad de Dios y la cultura actual
Vivimos en un tiempo en el que la verdad se trata de opiniones personales. Cada quien puede definir lo que es correcto según sus propios criterios y cualquier desacuerdo es visto como intolerancia.
Es innegable que se han distorsionado los valores. Por ejemplo el valor de la vida humana cada vez disminuye más, mientras otras causas como el cuidado a los animales, reciben una defensa que muchas veces supera a la de las personas.
Al mismo tiempo, la sensualidad ha ejercido una gran influencia en esta generación. Se enseña…es malo negar tus deseos, seguir tus sentimientos es la forma más auténtica de vivir.
Cuando alguien confronta una conducta pecaminosa, la respuesta frecuente es: «No juzgues, no puedo negar lo que siento», como si los sentimientos fueran la máxima autoridad.
Sin embargo, la vida cristiana nunca ha estado fundamentada en hacer lo que sentimos, sino en obedecer a Dios. La Escritura nos enseña que el corazón humano es engañoso y que debemos someternos a la verdad de Dios. (Jeremías 17:9)
Las palabras de Mateo 7 fueron pronunciadas por Jesús, dentro de un contexto de examinarnos primero, para luego ayudar al hermano, Cristo también ordenó: «No juzguen por la apariencia, sino juzguen con justo juicio» (Juan 7:24).
¿Por qué ellos sí pueden juzgarme?
Debo reconocer que al escribir estas líneas, el Espíritu Santo me mostró que he juzgado con condenación, pero si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad, de verdad estoy arrepentida.
No obstante, es común que quienes citan constantemente «No juzgues», son quienes acostumbran emitir juicios sobre los demás con total libertad. Juzgan nuestros límites, nuestras decisiones, nuestras palabras e incluso nuestras convicciones.
También suele escucharse «No me juzgues, tú no sabes lo que viví», es cierto que las heridas existen y que muchas personas han sufrido profundamente, pero el pasado no justifica el pecado, ni elimina nuestra responsabilidad delante de Dios.
Cristo no nos llama a encontrar nuestra identidad en nuestras heridas, sino en Su obra redentora. Las experiencias dolorosas pueden explicar parte de nuestra historia, pero nunca deben utilizarse como una excusa para apoyar conductas que deshonran a Dios.
La realidad es que el problema no es el discernimiento, todas emitimos juicios de valor. El problema aparece cuando rechazamos cualquier opinión que exponga nuestro pecado y aceptamos únicamente aquellas que justifican nuestra conducta.
¿Cómo aplicamos esto hoy?
Primero, antes de mirar la conducta de otros, examina tu propio corazón delante de Dios, arrepiéntete de aquello que el Espíritu Santo te muestre y procura actuar con humildad.
Si hoy alguien utiliza las palabras «No juzgues» para hacerte sentir culpable por establecer límites, recuerda que Jesús no está prohibiendo el discernimiento.
Segundo, no confundas la humildad con la obligación de tolerar aquello que Dios llama pecado. Puedes perdonar, orar por una persona y desear sinceramente su restauración sin permitir que continúe causando daño a tu vida y a tu hogar.
Amar a alguien profundamente, también es reconocer que sus decisiones te están afectando y a quienes Dios te ha confiado.
Tercero, la gracia no nos llama a cerrar los ojos frente al mal, nos capacita para actuar de una manera que honre a Cristo, no vivas con amargura, pide a Dios la sabiduría que proviene de Él. No permitas que una interpretación equivocada de la Biblia te robe la paz.
Camina en amor, verdad y discernimiento, confiando en que la obediencia a Su Palabra siempre será el camino más seguro.